Viceversa

Sus párpados se separaron súbitamente y sus pupilas se clavaron en el techo de la estancia. Sudaba, y su pecho crecía y menguaba al ritmo de una agitada respiración. Esa extraña pesadilla había vuelto. Todos esos seres, con cuerpo de persona y cabeza de animal, paseando a su alrededor con total normalidad. Y esa mujer. Esa mujer con curvas de modelo y cabeza de loba, que le seducía para devorarlo justo antes de despertar. “¡Es una locura!”, pensó, “un ser así no puede existir”.

Se levantó y, como cada mañana, tomó su desayuno, se aseó frente al espejo del baño y abrió la ventana de su habitación. Estaba lloviendo. “Odio los días así”, susurró para sí mismo. Acto seguido, apoyó sus garras en el alféizar, desplegó sus grandes alas plagadas de plumas de colores y echó a volar.

© Juan Miera

Relato seleccionado para el libro de Microrrelatos Sol Cultural 2013.

Inspirado en la fotografía “Lobatomía”, de Saray Guerra

Microrrelatos SolCultural 2013

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Tres

Una, dos y tres. Tres cucharadas de azúcar para endulzar el tercer y último café de la mañana que me tomo en tres sorbos. Tres sorbos tan amargos como los últimos tres años de mi vida. Tres años con tres mujeres diferentes, cada cual más dañina para mí. Tres féminas, una por cada uno de los pisos que debe descender el ascensor para llegar hasta el portal de la calle del Sol nº 3. Tres años de insana obsesión.

Apenas camino tres pasos y me topo con un nuevo café. “Sol nº 1” indica el cartel. Entro y me siento en el tercer taburete empezando por la izquierda. Una preciosa camarera se acerca y me pregunta qué deseo tomar.

Pienso tres segundos, sonrío, después de tres años sin hacerlo sinceramente, y respondo:

– Para empezar, tomaré un café solo con una cucharada de azúcar, por favor.

(Inspirado en la fotografía “Sol number one” de Alberto Lacalle García)

Última llamada

Beep, beep, beep, beep….beeeep!! Ella volaba por el andén, haciendo gala de un equilibrio inverosímil sobre sus tacones, mientras las puertas del tren anunciaban la inminente cuarentena del vagón. Los somnolientos viajeros, prestos a su siesta pre-laboro, tenían completamente acomodadas sus posaderas.
Siempre era la última inquilina en llegar. Oteó el horizonte de la cabina y, como cada día, un único hueco libre. Ese hueco que él reservaba, con su brazo protector, para acogerla y ofrecerle resguardo del frío invernal que acuciaba durante los últimos meses.  Instaló su melena rubia rizada en el espacio que existe entre su hombro y su cuello.

“Qué a gusto se está aquí!”-Pensó – Hola! Anuncian días más fríos – dijo.
-Sí, eso he oído. Y también posibles lluvias – respondió él mientras su mano acariciaba su espalda como espantando el gélido aire que trataba de apoderarse de ella – De hecho, es probable que nieve…

De esta manera, la verborrea incontenible se imponía a su vergüenza y no era capaz de callar hasta que la voz enlatada anunciaba la próxima parada, que era la suya.
-¡Hasta mañana!- dijo ella esbozando una sonrisa relajada.
-¡Hasta mañana!

Acto seguido, recorrió el corto camino que va de la estación hasta su casa, abrió la puerta y escuchó los pasos de quien venía a recibirle:
-¡Hola amor! ¡Hola niños, papá ya está en casa!

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Al abrigo del mar

El ruido de la soledad inundaba la playa. Solamente el tiritar arrítmico de la cuerda, golpeando el mástil de metal al compás que le marcaba el viento racheado que había renacido, era capaz de enturbiar la paz que le llenaba. La bandera inexistente ondeaba a media asta, sólo para él.

Decidió unirse al frío, fusionándose con el agua y la sal en una comunión perfecta que solamente se quebró cuando un tren rompió la barrera del silencio, arañando los raíles con sus ruedas y anunciando una inminente llegada a la estación fantasma de Villa Recuerdo.

Era la hora de volver a casa. Ella esperaba impaciente. Esperaba, como siempre, sentada en el columpio de madera junto al viejo roble, que vivía impertérrito el paso de los años en el jardín anexo al porche principal de la casa. Esperaba nerviosa, bella, angelical con su vestido blanco e invisible a los ojos de todo el mundo.

Él era el único que aún podía verla. Se bajó del coche, se acercó y la besó:

– Hola cariño, perdón por el retraso.

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